Domingo, 17 de  Febrero de 2019 / 19:45:27

Sindicalismo más allá de las fronteras, la dimensión internacional del trabajo en la era de la globalización.

0008257064

El sindicato surge como la expresión de voluntad de compensar una situación de poder monopolizado por los empresarios creando una fuerza colectiva opuesta. De esta manera, aparecerán primero las coaliciones de carácter esporádico y las sociedades de socorros mutuos y de resistencia y más tarde, los sindicatos.

El movimiento obrero nace luego de la segunda mitad del siglo XIX, durante la segunda fase de la Revolución Industrial, era del gran capitalismo, época de la exaltación del beneficio ilimitado, gran industrialización a consecuencia de las novedades tecnológicas, descubrimientos, utilización de metales, nuevos transportes como el ferrocarril. La libre competencia entre las empresas determina que los empresarios busquen mano de obra barata, y así abaratan los productos,juego de la oferta y la demanda. El contrato de trabajo es un libre acuerdo de voluntades entre empresario y trabajador, se producen hacinamientos, falta de sanidad e higiene, unido a jornadas interminables a cambio de un salario mínimo.Poco a poco va apareciendo el movimiento obrero, la lucha obrera organizada contra el gran capitalismo.

El Reino Unido es el pionero del movimiento obrero, aparecen los sindicatos, últimas décadas del siglo XIX, los trade-unions, que reivindican formas políticas (sufragio universal), se le llamó cartismo ya que las reivindicaciones se expresaron en un documento llamado “la Carta”. El movimiento sindical es apoyado internacionalmente por las Internacionales Obreras.

A nivel internacional, a partir de 1919 comienzan a aparecer textos y documentos de valor jurídico variable en los que se reconoce el derecho de sindicación; ejemplo: convenios números 87 y 98 de la OIT, la Declaración Universal de los Derechos del Hombre de la ONU, Art. 23.4 “Toda persona tiene el derecho de fundar sindicatos y el de afiliarse a éstos para la defensa de sus intereses”.

El proceso de globalización empujo a los sindicatos desde comienzos de los años noventa a dar más importancia a la dimensión internacional de la acción sindical. Esto se ha traducido tanto en un mayor esfuerzo en este terreno por parte de las confederaciones nacionales, como en intentos de revitalización y revigorización de las estructuras sindicales internacionales. Tiene un claro carácter imperialista y está marcado por una intensificación de la competencia entre los Estados en su búsqueda por una posición hegemónica o competitiva en el mercado mundial. El proceso de globalización supone un nuevo reparto del mundo cuya lógica es la del “imperialismo de la desposesión”, basado en los procesos de “acumulación por desposesión”.

Los sindicatos afrontan los retos del proceso de globalización desde una posición de debilidad. El ajuste neoliberal del capitalismo iniciado a finales de los setenta y el proceso de globalización han comportado una modificación de las relaciones de fuerza entre capital y trabajo en un sentido favorable al primero. En los países del norte los sindicatos se han visto debilitados debido a la crisis de la ocupación, las estrategias empresariales de reorganización de la producción y las nuevas políticas de gestión de la mano de obra, y las transformaciones de la estructura productiva.


La problemática sindical se presenta en los siguientes aspectos:

- Una crisis de afiliación, un fenómeno generalizado en muchos países, aunque con grados muy diversos, y una crisis de representación, en particular entre determinados colectivos de trabajadores, como los precarios, los jóvenes o los inmigrantes, provocando situaciones de creciente envejecimiento de la afiliación sindical, dificultades para feminizar su composición y, en definitiva, dificultades para reflejar en la propia composición interna la realidad muy heterogénea de la clase trabajadora.

- La reducción de la conflictividad laboral en el marco de un contexto más amplio de transformación del conflicto laboral y de disminución de la capacidad de presión de los trabajadores, dentro y fuera de la empresa, y de su poder de negociación. A pesar de ello, hay que señalar la reemergencia de significativos episodios de conflictos laborales importantes en varios países europeos, aunque desde unos niveles globales de conflictividad laboral bajos.

- Una crisis de función en el centro de trabajo, debido a los procesos de individualización de las relaciones laborales y a las nuevas técnicas de gestión de la mano de obra, que buscan cortocircuitar y hacer prescindibles a los sindicatos.

- Una reducción de la influencia social de los sindicatos, de su valoración por parte del grueso de los asalariados y de su capacidad para actuar como organizaciones de referencia político-ideológica para estos, de su peso en la vida política y social de cada país, y de su capacidad para influenciar los procesos de toma de decisiones en el terreno político de forma sustantiva.

En América Latina, los últimos años, el sindicalismo pasó por distintas etapas de transición que culminaron con la creación y la consolidación de la Confederación Sindical de los Trabajadores y Trabajadoras de las Américas (CSA). Se podría definir, especialmente en los últimos diez años, como “una organización social en proceso de transición”.

La primera de las transiciones se ubica a mediados de la década del 2000 y se relaciona con el inicio de los debates en torno a la creación de la nueva central sindical internacional hasta la propia creación de la Confederación Sindical de las Américas (CSA). La segunda transición se inicia con el nacimiento de esta organización continental y su consolidación en los primeros cuatro años de existencia, tras los cuales comienza la tercera transición, que proyecta al sindicalismo de América como un actor estratégico en la coyuntura transformadora de la región y protagonista del sindicalismo internacional.

Desde los años 80, el sindicalismo se vio disminuido o estancado en su poder. Este es un fenómeno a escala mundial, más allá de excepciones importantes en algunos países. La introducción masiva de nuevas tecnologías sustitutivas de mano de obra debilita la posición de los trabajadores al generar desempleo, y, al mismo tiempo, segmenta la base sindical al promover o permitir diversas formas de fraccionamiento de la base o del colectivo, incluso, en ocasiones, la del propio régimen jurídico laboral. En el mismo sentido opera lo que puede denominarse «cultura posmoderna», signada por el individualismo, la consecuente desvalorización de lo colectivo y la pérdida o el debilitamiento de la solidaridad como práctica. La informalidad, generalizada en América Latina, desprotege al trabajador individual y dificulta la representación sindical de los sectores en los que se extiende.

Al influjo del Consenso de Washington, la política económica de prácticamente todo el continente se alineó con los dictados del Fondo Monetario Internacional dando lugar a las llamadas reformas estructurales. La eliminación de las libertades políticas, sindicales y sociales implementadas por las dictaduras y el terrorismo del Estado de los 70 y 80 fue la condición de viabilidad de un proceso de reestructuración económica abiertamente conservador. Esta aproximación sirve para ubicar al sindicalismo de América Latina, que, además de las dificultades señaladas, carga con tres décadas de persecución y enfrentamiento de tal intensidad que en algunos casos es asombroso que hayan sobrevivido.

El proceso de unificación sindical mundial, y en este caso continental, ha puesto sobre el ojo mundial no solo aspectos de integración física entre las estructuras preexistentes, sino también cuestiones conceptuales estratégicas. El carácter y el funcionamiento de la globalización en la perspectiva neoliberal causaron un fuerte impacto negativo en la existencia y el accionar sindical, pero sería un profundo error ubicar allí la totalidad de los problemas. Existen una variedad de factores internos que se han acumulado en dirección a un debilitamiento de las organizaciones sindicales. Burocratización, inadecuación de las estructuras y prácticas existentes tanto de varias organizaciones como de varios de sus dirigentes, carencias democráticas (verticalismo y autoritarismo). El reto para la CSA y sus organizaciones afiliadas es contribuir no solo para que el cuadro político de cambios progresistas se mantenga y se fortalezca, sino también para que las transformaciones económicas, políticas y sociales se vuelvan estructurales y permanentes. Profundizar los cambios rumbo a un modelo de desarrollo sustentable,el crecimiento de la economía ha llevado a niveles récord el trabajo formal. Ahora la meta es consolidar un proyecto de desarrollo sustentable basado en la distribución del ingreso, el reconocimiento del trabajo, la inclusión social y la disminución de las desigualdades.

General Roca