Jueves, 23 de  Mayo de 2019 / 15:01:29

Jorge Castañeda

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Ante una carta de Pedro Pesatti

pesatti
Pedro Pesatti Vicegobernador de la provincia de Rio Negro.

En un todo comparto los términos de su carta donde anuncia su renuncia al Partido
Justicialista de Río Negro. Decisiones como ésta seguramente se toman con mucho dolor y
tristeza, pero con cierto alivio al ya no compartir los desatinos de la dirigencia peronista
rionegrina, la que ha llevado al Partido a una de las peores derrotas electorales de toda su
historia.
Un Partido anquilosado y retardatario cuyos dirigentes lo único que saben es disparar
exabruptos e insultos hacia la figura del gobernador y de sus funcionarios y denunciar en
forma serial a todo aquel que se les pase por delante, porque siempre para ellos el infierno son
los otros y no miran la viga que tienen en sus propios ojos. Vacíos de ideas rectoras y de
proyectos solo les interesa a cualquier precio mantenerse en la pitanza de sus cargos públicos,
sin realizar la más mínima autocrítica sobre las causas que los ha llevado a esta triste situación.
Solamente son ellos, los que peronómetro en mano, disciplinan y hasta expulsan a los
compañeros que no piensan en forma similar. Nada dicen ni explican porque en forma
mayoritaria el electorado rionegrino le dio la espalda a la fórmula Picheto-Pichinini.
Varios dirigentes peronistas –ahora es tarde- reconocen que yo tenía razón en artículos de
opinión escritos en diferentes medios, donde me expresaba sobre los gruesos errores
cometidos durante la campaña, pero en ese momento me atacaron en forma furiosa y
sistemática y también por integrar después la boleta electoral de Juntos Somos Río Negro, con
varios compañeros, entre ellos Pedro Pesatti, nos suspendieron en nuestra afiliación. Allá ellos.
Creo que no nos hemos equivocado al apoyar a Alberto Weretilnek, que tiene un concepto
distinto y superador de hacer política, que conoce los problemas provinciales y trabaja para
dar soluciones a los mismos, que recorre permanentemente la geografía provincial, que está
delineando una integración territorial en el marco de un federalismo real, y todo siempre
dentro del respeto al que piensa diferente y haciendo del diálogo una forma cotidiana como
corresponde en un sistema democrático. No hay otra manera. Ese es el camino: construir
desde el pluralismo y las diferencias un proyecto superador y es el mandato que impone
nuestra gente.
Bien dice Pedro que muchos compañeros hemos compartido sueños y luchas, el exilio del
general, los años de la resistencia, el gobierno justicialista de Mario Franco, que de ninguna
forma fue sectario ni excluyente, sino que supo elegir a la gente más capaz para desempeñar
los cargos públicos. Hoy de aquellos peronistas que soñaron con una provincia justa y
soberana quedamos pocos. El aparato partidario en manos de estos personeros del “odio y de
la yapa” (con el perdón de don Arturo Jauretche) alvearizaron al Movimiento en beneficio de
sus intereses personales y de sus familias y desacreditaron y expulsaron a todo aquel
compañero que los enjuició por sus erráticos procederes, escupiendo todo asado que no
pudieran comer, a la mejor manera cínica del Viejo Vizcacha.
Siguen poniendo palos a la rueda del gobierno y denunciando desde la azotea de los medios
todo lo que a ellos no les conviene, pero total “algo quedará”.
Como Pedro yo también creo en el poder de los símbolos porque fuimos parte de una
generación forjada en los mismos. Los símbolos no solamente son muy poderosos sino que
rigen la vida de las personas. Y los símbolos de la mística peronista son el adn que nos
identifica: la doctrina, las fechas, las veinte verdades, etc.
Como Pedro Pesatti soy afiliado justicialista desde el 73 y luego reafiliado con el retorno de la
democracia en el 83. Y siempre estuve orgulloso de pertenecer a un Movimiento como el
peronista que abrió las esclusas de la historia para los pobres y desposeídos de una Argentina
que era entonces patrimonio de unos pocos ilustrados y que la traficaban y vendían al mejor
postor con total impudicia.
Trabajé con los dirigentes históricos de mi pueblo como Manuel Marileo, Elvira Marco y
Horacio Camina, los que pese a su trayectoria, ética y valores, jamás fueron reconocidos por la
dirigencia provincial. Y hoy estamos huérfanos de toda dirigencia a merced de algunos
aprovechados que se han apoderado del Justicialismo como si éste fuera un bien mostrenco.
No tenemos otro camino que decir la verdad, al menos nuestras verdades, “porque son la
única realidad”.
El pueblo, que al decir del gran Leopoldo Marechal “siempre recoge las botellitas que se
arrojan al mar con señales de naufragio”, sabrá optar entre una construcción superadora como
la que ofrece Juntos Somos Río Negro o seguir con la marca en la frente como Caín, en un
peronismo postrado y decadente.
Como los griegos, solamente los valientes y los osados se toman del mechón de cabello de la
oportunidad, porque esta como tiene alas en los pies es muy veloz y pasa una sola vez por la
vida de los hombres y de los pueblos. Ahora está pasando por Río Negro.

Jorge Castañeda

DNI 8569.045

Valcheta

Aprendamos de Diogenes

Jorge Castañeda
Escritor – Valcheta

Diógenes de Sinope, también llamado el Cínico (por la escuela a la cual pertenecía) no legó a la posteridad ningún escrito y todo lo que se conoce de su vida y de sus dichos se debe a su homónimo Diógenes Laercio que lo dejó inmortalizado en sus “Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres”.

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Su nombre –que literalmente significa “nacido de Dios”- trascendió ampliamente los límites de su patria.

Aunque nació en Sinope (Asia Menor) vivió casi toda su vida en Corinto, luego de haber sido raptado por piratas y vendido como esclavo.

En Atenas fue discípulo de Antístenes. Vivió igual que un vagabundo en las calles de la ciudad exaltando la pobreza como la mayor de las virtudes. Predicó la autosuficiencia, la virtud de la vida simple y despreciaba las reglas sociales. Se cuenta que vivía en un tonel y que de día caminaba infructuosamente con una lámpara encendida diciendo que buscaba “hombres honestos”. “sus únicas pertenencias eran: un manto, un zurrón, un báculo y un cuenco (hasta que un día vio que un niño bebía el agua que recogía con sus manos y se desprendió de él). Según Diógenes “la virtud es el más soberano de los bienes y la ciencia, los honores y las riquezas son los falsos bienes que hay que despreciar. El sabio debe tender a liberarse de sus deseos y reducir al mínimo sus necesidades”.

Los atenienses en su memoria le levantaron un monumento sobre el que reposaba junto con un perro.

Dejó, eso sí, uno de los anecdotarios morales más ricos y ejemplares. En “El canto del pájaro” Anthony de Mello cuenta que estaba Diógenes cenando lentejas, cuando lo vio el filósofo Aristipo. Este vivía confortablemente gracias a su hipocresía, que le permitía adular permanentemente al rey. Y le dijo Aristipo: “Si aprendieras a ser más sumiso con el rey, no tendrías como cena ese triste plato de lentejas”. A lo que replicó Diógenes: “Si hubieras tú aprendido a comer lentejas no tendrías que vender tu alma adulando al rey”.

Según otra leyenda “en un supuesto encuentro  entre Alejandro Magno, rey de Macedonia y Diógenes, el conquistador se presentó diciéndole: “Yo soy Alejandro, llamado el griego”. Diógenes le respondió: “Y yo soy Diógenes, llamado el perro”.

“El emperador le preguntó entonces que era lo que más deseaba: La respuesta fue: “Que te muevas un poco, me tapas el sol”.

“Alejandro habría dicho luego de este encuentro: “Si no fuese Alejandro Magno, desearía ser Diógenes”.

Otra anécdota cuenta que “cada día que pasaba por el mercado se reía porque decía que le causaba mucha gracia y a la vez lo hacía muy feliz ver cuántas cosas había en el mercado que él no necesitaba.”.

Una vez viendo en cierta ocasión como los sacerdotes custodios del templo conducían a uno que había robado una vasija perteneciente al tesoro, comentó “Los ladrones grandes llevan preso al pequeño”.

Hecatón en sus “Sentencias” relata que el filósofo fundador de la escuela de los cínicos solía decir “que es preferible la compañía de los cuervos a la de los aduladores, pues aquellos devoran a los muertos y éstos a los vivos”.

Olimpiodoro –magistrado ateniense- observó que “bastón, al principio no lo usó sino estando enfermo, pero posteriormente lo llevaba a todas partes, no sólo por la ciudad, sino también por los caminos, juntamente con la alforja”.

Su modo austero y estoico de vivir relata Teofrasto, lo tomó como propio “observando a un ratón que correteaba sin rumbo fijo, sin buscar lecho para dormir, sin temor a la noche, sin preocuparse de nada de lo que los humanos consideran provechoso. Fue el primero –aseveran algunos- que dobló su manto al verse obligado a dormir sobre él, que llevó alforjas para poner en ella sus escasas provisiones y que hacía en cualquier lugar cualquier cosa”.

Para finalizar esta breve semblanza de Diógenes conviene citar que “se comportaba de modo terriblemente mordaz: echaba pestes de la escuela de Euclides, llamaba a los diálogos platónicos pérdidas de tiempo; a los juegos atléticos dionisiacos, gran espectáculo para estúpidos; a los líderes políticos, esclavos del populacho”. Solía  decir también que “cuando observaba a los pilotos, a los médicos y a los filósofos, debía admitir que el hombre era el más inteligente de los animales; pero que, cuando veía a intérpretes de sueños, adivinos y a la muchedumbre que les hacía caso, o a los codiciosos de fama y dinero, pensaba que no había ser viviente más necio que el hombre y repetía de continuo que hay que tener cordura para vivir o cuerda para ahorcarse”.